jueves, 24 de julio de 2008

DESCUBIERTOS

El cálido aliento entre tus piernas, y en tu boca, me decía que era el momento. El calor tibio de tu cuerpo hermoso bajo el mío clamaba que lo hiciera, que era esa la oportunidad. Que después de los abrazos, los besos, las caricias, era la hora de ir más allá, y en aquel lecho debía ocurrir, ese debía ser el lugar. Pero había algo en mí que no autorizaba tal acción, un sentimiento de culpa que muy en el fondo se mezclaba con algo de rencor. Pensé que la desnudez intimidante de nuestros cuerpos en ese espacio lleno de luz, donde la iluminación rebosaba las barreras que el momento permitía establecer, tendría algo que ver. Mas, no era así. Había algo aún más profundo en todo el asunto, que nos impedía continuar con lo planeado. De pronto, no comprendía nada, no lograba entender nada más.

Tan sólo se me ocurrió volver mi mirada hacia tus partes más hermosas, ésas que con el tiempo me han llevado y me han ayudado a ver dentro de ti, en el reflejo de tu alma, hacia tus deseos y pasiones, con los espectros de todo lo que alguna vez quisiste y buscabas cumplir; tus ojos. Pero lo que vi me dejó petrificado… tu mirada, ésa que siempre había abrigado una calidez inmensa para mí, era en aquel momento fría, apagada; como si te hubieses desconectado del momento en los instantes previos. No supe qué hacer, pero no me quedo más que pensar en qué podrías estar pensando. Tal vez sentías lo mismo que yo, eso que temía que ambos sintiéramos de forma simultánea. O tal vez, y fue eso lo que me llenó de angustia y hasta terror, te estarías preguntando por qué no lo hacía de una vez; por qué, si ya estábamos en aquel lugar, con todas las condiciones arregladas para una noche perfecta, no avanzaba y daba paso a ese momento de éxtasis que habíamos estado esperando tanto tiempo.

No tengo muy claro aún lo que ocurrió luego, pero recuerdo, entre todas las ideas que pasaron por mi cabeza, una imagen y una sensación; la imagen de tu cuerpo, tan como siempre lo había visto, blanco como sólo él puede ser, sudado por el esfuerzo de las horas previas y el nerviosismo de aquellos instantes, pero hermoso, como siempre lo idealicé; junto a esa visión, recuerdo tus caricias, ésas caricias dulces y tiernas que me dabas, acercándome a ti, buscando en mí el calor que te hacía falta, en medio del gélido ambiente de la habitación. Las caricias con las que, imaginé, buscabas tranquilizarme, con ese tacto sutil que has tenido siempre, y que en ese instante me emocionaba aún más de lo que ya estaba, más que nunca, más allá de todos los límites que conocía para mis emociones.

Pero no podía hacerlo, algo en mí no me permitía ir más allá, una sensación dentro de mí todo lo bloqueaba, e impedía que lleváramos a cabo todo lo planeado.

Entonces tú actuaste, como siempre habías sabido hacerlo, simplemente me acercaste a ti con un abrazo y allí, entre el silencio de ambos, la soledad de la habitación, la luz que lo cubría todo y el calor que nuestros cuerpos se irradiaban mutuamente, hablaste, con tu tono pausado y calmado de siempre. Recuerdo haberte escuchado decirme que no me preocupara, que lo arreglaríamos, que tampoco tú habías estado segura esa noche, que seguramente la noche siguiente sería mejor para los dos.

Y allí, juntos, hablando, en medio de las interminables confesiones mutuas que una y otra vez, más de mil veces nos habíamos narrado, transcurrió la noche entera.

A la noche siguiente se repetiría la misma escena, sólo que esta vez, como durante todo el día había ocurrido, llegaría la pasión; una pasión desenfrenada, que finalmente pude liberar. Y junto a ti, a tus ojos, a tu cuerpo, tu calor, tu aliento, tu voz, junto a toda tú, tal y como eres, fue perfecto. Finalmente, todo había resultado como lo esperaba.

Te habías movido como nunca imaginé, y juntos habíamos experimentado esos momentos después de tanta espera. Entre sudor, lágrimas y sangre, ya no nos faltaba nada de nosotros por conocer; no quedaba nada escondido para ver. Y lo más impactante, todo eso había sido tan sólo la primera vez.

A. A. A. M.

16 – 02 – 06.

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