jueves, 24 de julio de 2008

MÁS ALLÁ DE UNA FACHADA

Tengo tantas cosas para contarte. Esta noche miré a través de la ventana, hacia afuera, donde reinaba el frío acogedor que había dejado la lluvia casi inclemente de la tarde. Se respiraba un aire limpio, libre de cualquier impureza o perturbación. Al ver hacia el cielo sólo vi oscuridad, no había nada más. Ni un solo carro circulando por la avenida cercana, ni una persona en los alrededores. Tan sólo frío, oscuridad y silencio.

Recordé de pronto aquellos momentos de magia que alguna vez viví, esos en los que nada me había hecho falta, cuando era feliz estando tan sólo conmigo mismo, la oscuridad, la luna, unas cuantas estrellas y mi personaje interno, que se expresaba mejor que nunca en esas circunstancias, como aún puede hacerlo.

Llegaron a mi cabeza las imágenes de aquellos momentos solitarios, aquellos ratos en días de escapadas furtivas donde las palabras no tenían ningún papel que interpretar, donde las palabras no existían. Esa otra realidad en la que vivíamos, esa dimensión paralela en la que me perdía con ella, en la cual sólo los besos hablaban, las caricias buscaban recordar, y el calor mutuo que se propagaba a través del aliento en un helado clima etéreo calentaba los corazones de las almas que compartían aquel espacio prácticamente diminuto desde una visión espacial física, pero enorme e interminable, sin fronteras, si se veía con los ojos del alma de cada uno.

Aquella inmensidad solitaria en la que me encontraba con ella a cada momento, el lugar secreto de nuestras fantasías, se llenaba tan sólo al poder escuchar la dulce voz, la melodía intangible de un sonido que resonaba y producía un eco perpetuo entre las paredes de cristal. Parecía que la inmensidad no fuera tal, que nos halláramos dentro de un pequeño lugar, abrigados por un calor que brindaba la temperatura perfecta para cualquier lugar, y arrullados por un sonido más dulce que el de las olas de un mar que rompen en la costa, más dulce aún que el de las gotas de agua que caen sin cesar produciendo estruendo durante una noche de tormenta.

Recuerdo aquel espacio donde reinaba una oscuridad total, con una incertidumbre imperecedera por saber qué habría, donde nada era seguro, donde nada tenía y tan sólo suponer podía. De pronto en las tinieblas veía aparecer una tenue luz que acababa todo el tormento, y ya no me alteraba por saber qué había allí, ahora todo lo veía, y me sentía como en casa, con todo y que esa enorme habitación no era mía, aunque podía recostarme y relajarme entre el hálito de una suave fragancia que no sé aún de dónde llegaba.

Es ese lugar al que llegaba tenso, paralizado por las presiones de cada día, pero era el lugar en el cual podía relajarme y todo olvidar, y salir como nuevo, no sé por qué razón. Tal vez no era real, pero lo sentía como tal.

Ahora recuerdo todo aquello, y está aún fresco en mi memoria, como si fuera algo que viví ayer, aunque de hecho no recuerdo si en algún momento lo experimenté, o si es lo que algún día con mis ojos y mis sentidos veré.

De pronto… espera, las horas de la noche junto a este extraño sentimiento de soledad e impotencia me han llevado a la respuesta, entre la tranquilidad. Toda esa intranquilidad se iba porque… no era un lugar, es decir, sí, pero esa habitación era todo el mundo, sin importar dónde estuviera, siempre era todo el mundo, siempre donde me encontraba, iba conmigo a todas partes. Y esa frescura que me permitía desahogarme no era un aire extraño, era tu aroma, ése que llevabas contigo a todas partes. Esa luz no era de una lámpara, ni de algo creado con fuego, ni el brillo del sol. No era combustible… eran tus ojos, que me hacían entrar con ese leve resplandor a un sitio lleno de luz, aunque era el mismo en el que estaba. Y esa sensación de bienestar no era más que producida por los besos, aquellos que compartimos, que me llevaban a volar y sentirme vivo, a descubrir todo más allá de cualquier barrera, a sentir que podía llegar a donde fuera.

Ya lo sé. Esta sensación de soledad que hoy tengo no es más que eso, la soledad de saber que ya no estás, de saber que te has ido y que no volverás, y no lo puedo arreglar por más que lo intente, pues yo mismo la he traído y la causé al no quererte, al creer que tan sólo estabas allí para lo que tuviera en mente, al olvidar que al igual que yo, eras, y aún eres, un espíritu libre que necesita compañía, comprensión, aprecio y afecto, y que sin esas cosas no tienes nada de eso que me diste en aquellos momentos, que sin todo eso no existes, pues nuestra propia esencia necesita todos esos elementos. No me hace falta aquel espacio para volver a sentirme diferente, me hace falta que regreses, para entonces poder quererte y hacer todo lo que dejé pendiente, para que tú al fin hayas vuelto, para que aquel lugar vuelva a salir de nuestras mentes.

Hoy no sólo me arrepiento de haber creído y hecho todo eso, hoy quiero retroceder en el tiempo y poder arreglar cada desperfecto, cada error de aquellos momentos, hoy quiero que de nuevo aquella extraña sensación, por lo demás única y especial, me lleve otra vez a los inicios, de nuevo a ese lugar al que nunca podré regresar, a ese lugar donde no pude sin ti nunca estar, a ese pequeño espacio en la mente de cada uno que surge cuando encuentras a esa persona que buscas, ese ser especial. Es todo lo que hoy quiero, a ese lugar regresar, recordándote, recuperando a esa persona que eres, a quien un día dejé atrás por error y sin pensar.

Ya sé que fue un gran retroceso tratar de olvidar y dejar todo atrás, pero veo que ese hecho es algo que cambió mi vida, y algo no podré arreglar. En su momento dejarte fue como haber hecho cualquier cosa más, mas, hoy día veo que no sólo fue una acción que trajo cambios, más aún, me ha cambiado totalmente y no lo podré remediar. Ya no puedo recordar sin pensar en la tragedia que es haberte dejado atrás, pero estés donde estés, lo cierto es que acá sigo, como tú también sé que lo haces, y pase lo que pase, hasta el fin de nuestros días habrá que continuar sin mirar atrás.

19 de septiembre de 2005.

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